Comunidad


La vida en el monasterio es un camino a recorrer tras las huellas de Cristo, guidadas por el Evangelio y la Regla de San Benito, según la tradición cisterciense. La vida monástica sigue siendo hoy viva y actual. Una bella aventura a la que Dios nos llama y nos invita a vivir con Él, descubriéndonos siempre nuevos horizontes.

Así pues, el Monasterio es un lugar de acogida y vivencia fraterna, en el que las monjas compartimos no solamente la oración, el trabajo, el silencio, la paz, sino la vida con sus alegrías y dificultades.

Dentro de la comunidad vivimos nuestra vocación, la llamada de Dios a buscarle sin cesar. Nuestra vida se orienta de tal manera que sea un ejemplo vivo de la Iglesia primitiva, en la unidad de corazones y de espíritus, con el respeto a la singularidad de cada una, creciendo cada día en la escuela de la caridad.

De este modo, lo que más debe atraer la solicitud de las hermanas es la vida espiritual del monasterio, de modo que todas se sientan responsables en cierto modo de la salvación eterna y de la perseverancia en

la vocación de las demás.

 
 
 
 

La Comunidad, constituida por la diversidad y singularidad de personas, unidas por un mismo fin plasmado en la Regla de San Benito y guiada por la M. Abadesa, se convierte así en una gran riqueza para todas y cada una. La Abadesa es ante todo pastor de almas, por lo tanto su función principal es, en primer lugar, espiritual y encaminada al bien de las almas. Su autoridad tiene el carácter de un humilde servicio, de acuerdo con la doctrina y el ejemplo de Cristo, cuyas veces hace en el monasterio. La Abadesa, escuchando a cada una de las hermanas, las estimula a dar su vida con alegría al servicio de Cristo y de la Iglesia.


 

Buscadores de Dios, los monjes y monjas despertamos cada día al encuentro con Cristo para descubir el Amor de Dios que nos invita a ser amor con Él, en donación gozosa y generosa a Dios y a los hermanos. Su presencia entre nosotros nos descubre, en lo sencillo de cada jornada, el lugar donde Él se nos revela, donde nos espera y se encuentra con nosotros, para descubrir su Rostro en cada rostro.

La alegría y el amor que nos da el vivir con Cristo se comparte en los momentos de trabajo y también en los momentos de descanso, donde nos comunicamos las experiencias del día, viviendo más profundamente la fraternidad.

¡Todo para la mayor gloria de Dios!, como nos pide nuestro padre san Benito.