Oración


El monje, buscador de Dios, vive a la luz de la presencia del Señor, que ilumina cada momento de su jornada. Su vida quiere ser un camino hecho de fe, de amor y de esperanza, siguiendo las huellas de Cristo, para dar respuesta al deseo de su corazón de encontrarse con el Autor de la vida, y en Él, con toda la humanidad. No hay nada más preciado que el Amor de Cristo, hecho imagen viva en cada hermano, hecho presencia viva en la Eucaristía.

La Eucaristía es el centro de la Liturgia, así como de la vida cristiana. Por esta razón, ocupa el primer lugar en nuestra vida monástica. En el sacrificio de la Santa Misa, la Comunidad monástica se reúne en torno al altar para renovar el memorial de la muerte y resurrección de Jesús, Sacramento de unidad y de amor que une a los monjes entre sí, con la Iglesia Universal, con Cristo.


Tal como nos enseña la tradición monástica y las disposiciones de la Iglesia, los monjes estamos llamados de modo especial a continuar en la Iglesia la oración de Cristo, tanto en la celebración de la Santa Misa y del Oficio Divino, como en las demás formas de oración, la cual debe impregnar toda nuestra vida.


 
 

Siete veces al día, la comunidad se reúne para la alabanza y la intercesión. El oficio divino ordena la jornada monástica, pues "No se ha de anteponer nada a la Obra de Dios", como nos indica San Benito. Los salmos, que nutren las horas litúrgicas, son fuente de contemplación que nos introducen en los Misterios divinos y que nos llevarán al contacto amoroso y personal con Dios en la oración privada.


Cada rincón del monasterio nos invita a la unión con Cristo y con los hermanos.

Con el canto de la "Salve", al final de cada día, ponemos nuestras vidas en manos de la Virgen, para que ella las presente al Señor.